Lección 7 – Confirmación de la autoridad de los apóstoles

(CCB1)

Esta singularidad de los apóstoles se confirma de dos maneras. Primero, ellos mismos la conocían, y en consecuencia exhiben en el Nuevo Testamento su autoridad apostólica consciente (como hemos visto). Esto se aprecia superlativamente en Pablo y en Juan. Pablo no sólo defiende su autoridad como apóstol; la revalida. Escuchemos las instrucciones dogmáticas que da a la iglesia de Tesalónica:

Y tenemos confianza respecto a vosotros en el Señor, en que hacéis y haréis lo que os hemos mandado … Pero os ordenamos, hermanos, en el nombre de nuestro Señor Jesucristo … Porque también cuando estábamos con vosotros, os ordenábamos esto … A los tales mandamos y exhortamos por nuestro Señor Jesucristo … Si alguno no obedece a lo que decimos por medio de esta carta, a ese señaladlo …

 2 Tesalonicenes 3:4, 6, 10, 12, 14

¿Qué significa este plural, nosotros? Es el plural de autoridad apostólica. ¿Y quién es el que presume emitir estos mandatos autoritarios y exigir obediencia? Es un apóstol de Cristo, que habla en su nombre y que sostiene que Cristo está hablando por su intermedio (2 Corintios 13:3). Como resultado, cuando Pablo visitó Galacia por primera vez, aunque estaba desfigurado por la enfermedad, los gálatas no se burlaron de él ni lo menospreciaron, sino que lo recibieron en realidad ‘como a un ángel de Dios, como a Cristo Jesús’ (Gálatas 4:14). Pablo no les reprocha el haberle mostrado una exagerada deferencia. Por el contrario, tenían razón al recibirlo de esa manera, porque era un apóstol, un embajador, un representante autorizado de Jesucristo.

Juan también usaba el plural de autoridad apostólica (por ejemplo, 3 Juan 9) y recordaba constantemente a sus lectores la enseñanza original que les había dado. En vista de la preponderancia de falsos maestros llega aun a escribir:

Nosotros somos de Dios; el que conoce a Dios, nos oye; el que no es de Dios, no nos oye. En esto conocemos el espíritu de verdad y el espíritu de error.

1 Juan 4:6

En otras palabras, el coincidir con sus enseñanzas era una prueba segura por la cual los lectores de Juan podían discernir entre la verdad y el error. Los falsos maestros mostrarían su falsedad al no escuchar a Juan, mientras los verdaderos cristianos certificarían su condición de tales por su sumisión a su autoridad apostólica.

La segunda forma en que se prueba la autoridad única de los apóstoles es que la iglesia primitiva la reconoció. Por ejemplo, en el período posapostólico, alrededor del año 110, apenas después de la muerte de Juan, el último de los apóstoles, el obispo Ignacio de Antioquía envió cartas a varias iglesias de Asia Menor y Europa. Al escribir a los romanos, dice:

Yo no os doy mandamientos, como Pedro y Pablo. Ellos eran apóstoles; yo soy sólo un hombre condenado.

Capítulo 4 de la carta de Ignacio de Antioquía a los romanos

Él era obispo, pero reconocía que aun la autoridad de un obispo no era comparable a la de un apóstol.

Cuando en el siglo IV la iglesia llegó finalmente a determinar qué libros debían incluirse en el canon del Nuevo Testamento y cuáles no, la prueba que se aplicó fue si un libro procedía de los apóstoles. ¿Había sido escrito por un apóstol? Si no, ¿emanaba del círculo de los apóstoles y llevaba el respaldo de su autoridad? Es importante agregar esto, porque no todos los libros del Nuevo Testamento fueron escritos por un apóstol. Pero al parecer se reconocía que si un documento no apostólico tenía una suerte de ‘imprimatur’ apostólico, debía aceptarse como tal. Por ejemplo, Lucas era conocido como un compañero fiel de Pablo, y los Padres de la iglesia primitiva Papías e Ireneo describieron a Marcos como ‘el intérprete de Pedro’ que registró fielmente las memorias de este sobre Cristo y la sustancia de su predicación. Así, pues, no es que la iglesia confiriese en modo alguno autoridad a los libros canónicos; simplemente reconoció la autoridad que ya poseían.

La autoridad de Cristo

Es tiempo ahora de resumir el argumento desarrollado. Cristo confirmó la autoridad del Antiguo Testamento. También proveyó la aparición del Nuevo Testamento autorizando a los apóstoles a enseñar en su nombre. Por lo tanto, si acatamos la autoridad de Cristo, debemos acatar la de las Escrituras. Es por Jesucristo que los cristianos aceptamos tanto el Antiguo como el Nuevo Testamento.

¿Cuáles son las alternativas de esta conclusión? Hay sólo dos.

La primera es decir que Cristo estaba equivocado en su concepción de las Escrituras. En este caso la argumentación sería más o menos así: ‘La encarnación aprisionó a Jesús en la mentalidad limitada de un judío del siglo I. Naturalmente, aceptaba la autoridad de las Escrituras porque eso es lo que creían los judíos de sus días. Pero no es esta la razón por la cual debemos creer nosotros. Esos conceptos y los de Jesús están perimidos.’ Esta es la llamada teoría de la kenosis derivada de la palabra griega que declara que él ‘se despojó a sí mismo’ (Filipenses 2:7) al hacerse hombre. Y aunque como hombre parece haber ignorado ciertas cuestiones (dijo que no sabía el día de su retorno, Marcos 13:32), el hecho notable es que no desconocía su ignorancia. Reconocía los límites de su conocimiento.

Consecuentemente, nunca traspuso esos límites en su instrucción. Por el contrario, insistió en que enseñaba solamente lo que el Padre le daba que enseñara (por ejemplo, Juan 7:14–17; 12:49; 17:8). Por lo tanto, sostenemos su infalibilidad, la veracidad de toda su enseñanza, inclusive su respaldo a la autoridad de la Escritura.

La segunda alternativa propuesta puede expresarse de esta manera: ‘Jesús sabía perfectamente que no toda la Escritura era palabra de Dios y digna de confianza. Sin embargo, como todos sus contemporáneos lo creían, él se acomodaba a ello. No es necesario que nosotros hagamos lo mismo.’ Esta suposición es totalmente intolerable. Es ofensiva para Cristo e incompatible con su afirmación de ser la verdad y enseñar la verdad.

Además, nunca vaciló en disentir con sus contemporáneos sobre otros asuntos: ¿Por qué, pues, no lo habría hecho en este? Por otra parte, esta conjetura atribuye a Jesús precisamente lo que él más detestaba: la hipocresía o simulación religiosa.

Rechazamos, pues, tanto la teoría de la ‘kenosis’ como la de la ‘acomodación’. En cambio, debemos insistir en que Jesús sabía de qué estaba hablando, y que debía decir lo que decía. Enseñaba con sencillez, deliberadamente y con absoluta sinceridad. Declaraba el origen divino de toda Escritura por la sencilla razón de que así lo creía. Y lo que él creía y enseñaba es cierto.