5. Los Hechos de los Apóstoles: La internacionalización del pueblo de Dios. (I)

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Introducción

Se ha dicho con frecuencia que el libro «Hechos de los Apóstoles» no debería llevar ese nombre. La verdad es que en él se menciona solamente a una fracción del grupo apostólico, y que muchos de los que no son apóstoles reciben gran atención.

A menudo se ha sugerido que un mejor título sería «Los Hechos del Espíritu Santo»; pero, a pesar de lo obviamente correcto del título sugerido, éste dejaría la impresión de que los otros libros de la Biblia no lo son.  

Tal vez pudiéramos aceptar por título «El Evangelio de Lucas, Tomo II». Este título tendría una doble ventaja: ligaría al libro con su autor, y haría hincapié sobre el hecho de que lo que está aquí escrito es también «evangelio».

Lucas mismo, en el prólogo, llama la atención del lector al hecho de que este libro es una continuación. Por eso nos conviene recordar algunos datos de la vida y persona de Lucas.

Lucas, por ejemplo, es universitario y escribe al «licenciado» Teófilo. Dice que lo que escribe es el resultado de una investigación, la cual fue perfectamente capaz de realizar por su preparación académica. Está asociado y es amigo íntimo de Pablo. Durante sus viajes con Pablo y en sus investigaciones, es seguro que conoció personalmente a muchos de los otros apóstoles y a muchos de los grandes personajes de la iglesia primitiva.

En un sentido, es necesario que se hagan dos lecturas simultáneas del Libro de Hechos. La razón es que tenemos que sacar de él su concepto de iglesia y, por otro lado, tenemos qué leerlo a la luz de ese concepto de iglesia.

Después de todo, el libro de Hechos trata de la Iglesia; es su tema principal (aunque en el título que hemos puesto arriba la hayamos llamado «Pueblo de Dios», para acentuar la idea de que la Iglesia es el Pueblo de Dios).

Se ha dicho frecuentemente que la Iglesia nació en Pentecostés. Pero todo lo que sabemos de Pentecostés lo sabemos por Lucas y su libro, y de lo que Lucas nos dice de Pentecostés no podemos sacar esto de que Pentecostés sea el día del nacimiento de la Iglesia. (Tampoco de ninguna otra parte de la Biblia.)

Es todo lo contrario: se presenta a la Iglesia como ya existente, y como que continúa su existencia en una nueva forma, en la época novotestamentaria. Que la Iglesia no empezó en el Pentecostés se ve en Hechos 7:38, donde Esteban habla de la Iglesia en el desierto. (Algunas de nuestras versiones dicen «congregación», pero la palabra en griego es «ekklesia«= iglesia.)

Ahora bien, lo que vemos en el libro de Hechos es una nueva y ya profetizada manifestación del antiguo pueblo de Dios. Se puede hablar del comienzo de la Iglesia solamente en el sentido de un ser que no debe su existencia a su nacimiento.

La Iglesia, como todo ser, existía ya mucho antes de su nacimiento, pero en otra forma, en otro modo de existir.

Sin embargo, a pesar de todo esto, tenemos que ser enfáticos en afirmar que la Iglesia empezó con los primeros creyentes en el Mesías (Cristo): Daniel, Ruth, Esther, Baruc. Dios no tiene dos pueblos, y esta verdad es el tema principal del discurso que Esteban pronunció antes de morir martirizado.

Si el tema del libro es «La Internacionalización del Pueblo de Dios», podemos notar que el proceso se divide en dos fases o etapas: preparación y efectuación. También podemos expresarlo así: orientación y realización. Pero éstas son etapas o fases de un mismo proceso

El proceso tiene dos focos: Jerusalén y Roma; son dos polos, y vamos del uno al otro, desde lo más regional hasta lo más universal. Los primeros doce capítulos del libro corresponden a la primera fase; los últimos dieciséis a la segunda. Estudiaremos la primera etapa hoy; los capítulos del 1 al 12.

La internacionalización del Pueblo de Dios. Su preparación u orientación

Ni la Iglesia ni el mundo, por sí mismos, podrían realizar la internacionalización del pueblo de Dios. Dios Mismo lo tiene qué hacer, y El Mismo prepara a la Iglesia para cumplir con su tarea, y los primeros doce capítulos de Hechos son la historia de esta orientación.

Organizaremos el estudio alrededor de los pasos de esta preparación.

(1) La Iglesia aprende a guiarse por la Palabra escrita. (Cap. 1). Después del párrafo característico de Lucas, y de todo escritor griego, en que establece la relación con su primer escrito, el libro nos da los detalles de la ascensión de Jesús. Este perícopa termina con una pregunta retórica: los ángeles preguntan por qué los discípulos están mirando al cielo.

Deben de saber que tienen trabajo qué hacer, y que tienen que cumplir con él antes de que regrese el Señor.

Ya no está físicamente con ellos su Maestro, y los discípulos tienen qué echar mano de otros recursos. Se juntan, ciento veinte de ellos, para la oración y el sostén mutuo. Seguramente estudiaron la Biblia, porque hicieron referencia a ella.

Además, reconocieron la presencia del Espíritu Santo en ella (Vers. 16). Aunque el asunto en sí no era muy importante, lo que aprendieron fue algo trascendente: aprendieron a andar por las enseñanzas de la Biblia. Cuando estuvieron convencidos de las enseñanzas bíblicas, actuaron a base de sus convicciones. Ojalá que la Iglesia nunca se olvide de esta lección.

(2) La Iglesia recibe la dinámica para cumplir con su tarea. (2:1 a 3:10). No podemos hacer ahora una exposición de la importancia del día de Pentecostés. Es un pasaje muy conocido y profundo. Hoy podemos notar solamente algunos rasgos sobresalientes y observarlos en su relación con el libro entero.

Estos rasgos son: Pentecostés es presentado en términos del cumplimiento, tanto del significado del día como de la profecía; los símbolos especiales tienen que ver con comunicar, hablar y oír (debemos recordar que el milagro más grande no fue el de hablar en lenguas, sino el de oír y entender), y el acontecimiento se interpreta a la luz de la Palabra escrita.

En Pentecostés la Iglesia es capacitada para cumplir su misión de predicar el Evangelio a toda criatura, a todas las naciones. La historia de la curación del cojo confirma esto. Es una confirmación del poder que la Iglesia tiene, primero para la Iglesia misma, y luego para el mundo. Solamente en el nombre de Jesús tiene poder la Iglesia, y en ese nombre sí lo tiene.

(3) La Iglesia es bendecida con la persecución. (3:11 a 8:3). El texto más ilustrativo de esta sección es 4:29. Los cristianos primitivos no pidieron que se acabara la persecución, sino que tuvieran la valentía de hablar en las ocasiones que la persecución les proveía.

Vemos que los discípulos son encarcelados, llevados a juicio, amenazados, pero nada puede callarlos. Hay problemas dentro de la Iglesia misma (Satanás persigue también desde adentro), pero aún esto resulta para el bien de la iglesia (5:11).

El problema de las murmuraciones en la Iglesia, un problema que pudiera haberle hecho enorme daño, provoca la elección de los diáconos (aunque aquí no se les llama «diáconos»).

Estos diáconos se encargan de la administración de los asuntos materiales de la Iglesia, para que los predicadores puedan concentrarse en cumplir con la tarea espiritual de la Iglesia.

Desde este tiempo la Iglesia tiene un ministerio especializado en «el ministerio de la Palabra» (6:4). Es seguro que Satanás creaba el problema en la Iglesia; otro ejemplo de la persecución desde adentro es el de Ananías y Safira; pero Dios lo cambió en bendición para la Iglesia.

Este paso, el de tener un ministerio especializado en la Palabra dio resultado (6:7). Es necesario que debamos meditar en esto.

Dios ya tiene escogido Su instrumento para continuar el proceso de internacionalización. Es Pablo, y ahora es tiempo de anunciárselo. En el capítulo 9 encontramos la historia del llamamiento de Pablo (su conversión fue un mero corolario de su llamamiento).

Pablo mismo siempre se refiere a esta experiencia como su llamamiento. Es seguro que Pablo nunca dio lo que algunos evangelistas llaman «el primer paso». Dios hará uso de Pablo; éste será una de las grandes bendiciones de la Iglesia.

La siguiente parte de esta sección tiene qué ver con una revelación especial a la Iglesia, para impresionarla con su tarea y con los propósitos de Dios. Es la historia de Pedro y de Cornelio. (Cornelio no tiene ni una gota de sangre judía; es romano e italiano.) La historia se relata dos veces. Este es un dato muy significativo si se considera la dificultad de hacer y conseguir escritos en aquella época.

La primera vez nos la cuenta Lucas, y la segunda la escuchamos de labios de Pedro mismo, cuando éste la cuenta a la iglesia de Jerusalén. Es que el acontecimiento es de suma importancia, de importancia trascendental. Sin esta revelación especial, esta pedagogía particular, es dudoso que la Iglesia hubiera aprendido.

La parte final de la sección habla de la vida en la Iglesia, ya internacional, pues hay una congregación en Antioquía. Como no era la intención de los cristianos establecer una iglesia allí, entonces Dios lo hizo.

Todavía se hablaba del Evangelio solamente a los judíos (11:19); pero algunos varones de Chipre y de Cirene se lo comunicaron también a los griegos. Gran número de ellos creyeron y formaron una iglesia en Antioquía, donde más tarde va a iniciarse toda la obra misionera de la Iglesia.

Durante este tiempo Dios está con Su pueblo también en Jerusalén. La persecución continúa; Jacobo es muerto, pero Pedro es librado de la cárcel. El poder de Dios está con la Iglesia. La iglesia encuentra difícil creerlo, y no quiere abrir la puerta a Pedro, pero ve la mano de Dios sobre Herodes, y sabe que los propósitos de Dios se están realizando. La Iglesia es testigo de esto. ¡Y hoy día también!

NOTA:

Para el estudio de la próxima semana se deben leer los capítulos del 13 al 28 de Hechos. ¡Es una lectura muy apasionante!

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