Lección 6 – El respaldo de Cristo al Nuevo Testamento (parte 2)

Cuidadosamente (después de toda una noche en oración) escogió y designó, y luego procedió a preparar y autorizar a los doce apóstoles para que fueran sus testigos, tal como Dios había escogido a los profetas en los días del Antiguo Testamento:

En aquellos días él fue al monte a orar, y pasó la noche orando a Dios. Y cuando era de día, llamó a sus discípulos, y escogió a doce de ellos, a los cuales también llamó apóstoles.

Lucas 6:12–13

Todos los seguidores de Jesús eran ‘discípulos’; sólo los Doce fueron llamados ‘apóstoles’. Un estudio del uso del título en el Nuevo Testamento muestra que, aunque había ‘apóstoles de las iglesias’ equivalentes en términos generales a los modernos misioneros (por ejemplo, 2 Corintios 8:23; Hechos 13:1–3; 14:14; Filipenses 2:25), los ‘apóstoles de Cristo’ eran un pequeño círculo restringido consistente en los Doce, Matías (que reemplazó a Judas), Pablo, Santiago el hermano del Señor, y tal vez uno o dos más.

Aunque toda la iglesia es apostólica en el sentido de que Cristo la envía al mundo en misión, y aunque todo cristiano debiera estar involucrado en esa misión, ‘apóstol’ no es un término aplicado en general a todos los cristianos en el Nuevo Testamento. Ni siquiera los leales y fieles colegas de Pablo, como Timoteo, eran apóstoles. Pablo traza deliberadamente una distinción entre él y ellos. Comienza, por ejemplo, su Epístola a los Colosenses: ‘Pablo, apóstol de Jesucristo por la voluntad de Dios, y el hermano de Timoteo.’ Timoteo era un hermano. En realidad, todos los cristianos son hermanos. Pero no era un apóstol de Cristo como Pablo.

Las investigaciones modernas sugieren que la palabra griega apostolos es el equivalente de la aramea shaliach, y que shaliach en el judaísmo rabínico era una persona con un papel claramente definido. Era un emisario del sanedrín, enviado a los judíos de la dispersión para enseñar en nombre del concilio. De él se decía: ‘El enviado de una persona es ella misma.’ En otras palabras, era un plenipotenciario, que hablaba con la autoridad de la persona o cuerpo que lo había comisionado. Así Saulo de Tarso fue a las sinagogas de Damasco armado ‘con poderes y en comisión de los principales sacerdotes’ (Hechos 26:12; 9:1–2; 22:5).

Es en este contexto que Jesús escogió a doce hombres y deliberadamente les dio este título. Los apóstoles serían sus representantes personales, dotados de su autoridad para hablar en su nombre. Cuando los envió les dijo:

‘El que a vosotros recibe, a mí me recibe’ ().

Mateo 10:40; Juan 13:20

Los apóstoles de Jesús tuvieron una cuádruple condición: primero, tenían un llamamiento y autorización personales de Cristo. Esto es evidente en el caso de los Doce, y Pablo reclama algo semejante. Alegaba y defendía vehementemente su autoridad apostólica, insistiendo en que había recibido su comisión para ser apóstol ‘no de hombre ni por hombre, sino por Jesucristo y por Dios el Padre’ (Gálatas 1:1). Es revelador, además, que en uno de los relatos de la conversión de Pablo que da Lucas en Hechos, se nos dan las palabras mismas que Jesús empleó para comisionarlo, a saber, ego apostello se, ‘yo te envío’ o ‘te hago un apóstol’ (Hechos 26:17; 22:21).

Segundo, tenían una experiencia personal de Cristo. Los Doce fueron nombrados, dice Marcos, ‘para que estuviesen con él, y para enviarlos a predicar’ (Marcos 3:14). El verbo ‘enviarlos’ es otra vez apostellein, y su calificación esencial para la obra del apostolado era estar ‘con él’. De la misma manera, poco antes de su muerte, Jesús les dijo:

Y vosotros daréis testimonio también, porque habéis estado conmigo desde el principio.

Juan 15:27

De este modo les dio oportunidades inigualables para escuchar sus palabras y ver sus obras, de modo que pudieran luego dar testimonio de lo que habían visto y oído (1 Juan 1:1–3). Era especialmente importante para ellos que fueran testigos de su resurrección. Por eso eligieron a Matías ‘para que tome la parte de este ministerio y apostolado, de que cayó Judas por transgresión’ (Hechos 1:25).

Es cierto, desde luego, que Pablo no era uno de los Doce originales, que no había sido un testigo presencial de Cristo como ellos, y que probablemente nunca vio a Jesús en la carne. Algunos han supuesto que los tres años que pasó en Arabia, durante los cuales dice que recibió su evangelio ‘por revelación de Jesucristo’ (Gálatas 1:11–12, 17–18), estuvieron deliberadamente destinados a compensarle los tres años del ministerio público de Cristo que había perdido. Sea como fuere, él cumplió su segunda condición apostólica siendo testigo de la resurrección: ‘¿No soy apóstol?’, exclama. ‘¿No he visto a Jesús el Señor nuestro?’ (1 Corintios 9:1). Se refiere, desde luego, a su encuentro con Cristo en el camino de Damasco. Aunque tuvo lugar después de la Ascensión, él sostiene que se trata de una aparición real, objetiva, del Resucitado, y agrega que fue la última. Al final de su catálogo de las apariciones de la resurrección escribe:

Y al último de todos, como a un abortivo, me apareció a mí. Porque yo soy el más pequeño de los apóstoles.

1 Corintios 15:8–9

En tercer lugar, tenían una inspiración extraordinaria del Espíritu Santo. En el capítulo anterior vimos que la morada e iluminación del Espíritu Santo es privilegio de todos los hijos de Dios. No es un privilegio que estuviera restringido a los apóstoles. No obstante, el ministerio del Espíritu que Cristo les prometió era algo completamente único, como expresan claramente estas palabras:

Os he dicho estas cosas estando con vosotros. Mas el Consolador, el Espíritu Santo, a quien el Padre enviará en mi nombre, él os enseñará todas las cosas, y os recordará todo lo que yo os he dicho … Aún tengo muchas cosas que deciros, pero ahora no las podéis sobrellevar. Pero cuando venga el Espíritu de verdad, él os guiará a toda la verdad. Juan 14:25–26; 16:12–13

Estas maravillosas promesas han sido a veces aplicadas a todos los cristianos.

Indudablemente, en forma secundaria se refieren a todos nosotros. Sin embargo, su relación primaria es evidentemente a los apóstoles que estaban reunidos alrededor de Cristo en el Aposento Alto, de quienes él podía decir: ‘Os he dicho estas cosas estando con vosotros’ y ‘aún tengo muchas cosas que deciros, pero ahora no las podéis sobrellevar’.

Les prometía dos cosas. Primero: que el Espíritu Santo les recordaría la enseñanza que él les había dado, y segundo: que la completaría, guiándolos a toda la verdad que por el momento no podían sobrellevar. El mayor cumplimiento de estas promesas se dio en la escritura de los Evangelios y las epístolas del Nuevo Testamento.

En cuarto lugar, tenían poder para hacer milagros. El libro de Hechos es llamado con razón ‘Hechos de los Apóstoles’ (ver Hechos 1:1–2; 2:43; 5:12), y Pablo designa las ‘señales, prodigios y milagros’ que había realizado como ‘las señales de apóstol’ (2 Corintios 12:12). Además, el propósito del poder milagroso dado a los apóstoles era acreditar su comisión y mensaje apostólicos:

¿Cómo escaparemos nosotros, si descuidamos una salvación tan grande? La cual, habiendo sido anunciada primeramente por el Señor, nos fue confirmada por los que oyeron, testificando Dios juntamente con ellos, con señales y prodigios y diversos milagros y repartimientos del Espíritu Santo según su voluntad. Hebreos 2:3–4

Estas cuatro condiciones son las que dan a los apóstoles el carácter de únicos.

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